La palabra que me cambió la vida
Durante mucho tiempo escuché la palabra liderazgo.
En empresas.
En cargos.
En organigramas.
Líder de equipo.
Líder de proyecto.
Líder de área.
Y tal vez por eso, por mucho tiempo, pensé que el liderazgo era algo que le pertenecía a los gerentes, a los jefes, a las personas con un título delante del nombre.
Pero para ser honesta no a la vida diaria.
No a una mamá tratando de formar a su hija.
No a una persona intentando sostenerse en medio de sus propios procesos.
No a alguien aprendiendo a responder mejor, decidir mejor, vivir mejor.
Hasta que un día empecé a verlo distinto. No fue de golpe. Fue poco a poco.
Creo que una parte importante comenzó cuando conocí más de cerca el trabajo de John Maxwell y empecé a leer sus libros.
Recuerdo cuando fui a certificarme con él y desde esa tarima donde estaba, con esa voz pausada pero profunda dijo despues de saludar…Liderazgo es influencia. Nada más. Nada menos. .
Y esa palabra me movió algo por dentro. Porque si liderazgo es influencia, entonces todos estamos liderando algo. Pero fue el momento de “conciencia” donde escuchas algo que siempre has escuchado pero no es sino hasta entonces que esa palabra cobra vida en ti. Te pertenece. En ese instante entendí que:
Lideras cuando hablas.
Lideras cuando reaccionas.
Lideras cuando decides.
Lideras cuando tus hijos te miran.
Lideras cuando alguien aprende de cómo atraviesas un problema.
Y ahí entendí que yo no podía enseñar dirección si no estaba dispuesta a revisar mi propia forma de caminar.
Porque el liderazgo no empieza cuando alguien te sigue.nEmpieza cuando tú decides hacerte responsable de la huella que estás dejando.
Para ese momento Valeria tendría unos 5 años y había sido víctima de bullying en el colegio.Por supuesto como mamá, eso me tocaba profundamente.
Cuando alguien que amas sufre, uno quisiera salir a pelear todas las batallas por esa persona:
Quería protegerla de todo.
Evitarle todo.
Resolverle todo.
Pero la vida me estaba mostrando algo distinto.
Yo no solo tenía que defenderla. Tenía que formarla. Tenía que ayudarla a construir dentro de ella algo que nadie pudiera quitarle tan fácilmente.
Su valor.
Su voz.
Su criterio.
Su capacidad de poner límites.
Su manera de verse a sí misma.
Fue allí cuando el liderazgo se volvió una necesidad.
Me apasioné aún más por el tema. Me volví una come libros, una enferma de escuchar charlas, conferencias, entrevistas… Tomaba notas y me proponía diariamente poner en práctica lo que ese día me daba en relación al tema. Me evaluaba al final del día. Porque desde esa conciencia quería darle herramientas a mi hija para enfrentar la vida cuando yo no estuviera al lado.
No se trataba solo de decirle: “tú puedes”. Se trataba de ayudarla a creerlo. A sostenerlo.
A practicarlo y a reconocerlo incluso cuando otros intentaran hacerla sentir menos.
Y tal vez por eso me enamoré tanto del liderazgo. Porque dejó de ser teoría y se volvió vida real y mientras más lo integraba en mi vida, más sentía que eso no podía quedarse solo conmigo.
De ahí nació una de las experiencias más hermosas que he vivido: Enmotion Leadership Camp.
Un taller de liderazgo emocional para niños que cree para ese instante. Se sumaron personas maravillosas como Andreina y Teacher Klau ( que había sido maestra de Valeria) y que creyeron completamente en el proyecto y lo vivieron conmigo con una entrega hermosa.
El taller primero lo hicimos presencial, durante 10 semanas.
Luego en Pandemia, 2 temporadas con 2 grupos de edades diferentes… Créeme era mágico.
Todavía recuerdo la energía de esos encuentros. Cada semana era un valor distinto pero expresado a través del juego.
No era solo un taller. Era un espacio donde uno podía ver, casi en tiempo real, cómo una herramienta correcta puede cambiar la forma en que un niño se mira a sí mismo.
Espacios donde alguien nos enseñe desde pequeños que sentir no es debilidad.
Que hablar también es valentía.
Que liderar no es mandar.
Que tener carácter no significa endurecer el corazón.
Que podemos aprender a responder a la vida sin perder nuestra esencia.
A veces me pregunto qué habría pasado si yo me hubiera quedado en ese camino. Si hubiera seguido formando niños y jóvenes desde esa etapa. Porque fue una de esas experiencias que te marcan.
Pero también entendí algo con el tiempo: ese liderazgo no se quedó en un taller. Sin duda se había venido conmigo, a mi casa, a mis decisiones, a mis procesos,a mis errores, a mis programas, a la manera en que hoy acompaño a otras personas.
Porque hoy, cada vez que doy un taller, vuelvo a insistir en lo mismo: no puedes construir una vida distinta si no aprendes a liderarte.
Liderarte es poder mirarte con honestidad y decir:
“Esto me dolió, pero no voy a permitir que me defina.”
“Esto me cuesta, pero puedo aprender.”
“Esto no salió como quería, pero todavía puedo ajustar.”
“Hoy no tengo todas las herramientas, pero puedo empezar a construirlas.”
Porque liderazgo no es tenerlo todo bajo control.
Es aprender a volver a ti.
A tus valores.
A tu propósito.
A esa versión tuya que no quiere seguir viviendo en automático.
Y cuando empiezas a hacerte responsable de esa persona que estás formando en ti…algo cambia. No siempre afuera. No de inmediato. Pero sí adentro. Y desde ahí, tarde o temprano, la vida empieza a moverse distinto.