"Lo que tarda en llegar, suele tener un propósito mayor."
No sé cuántas veces he orado pidiendo una respuesta rápida.
Algo claro. Algo inmediato. Algo concreto.
Pero hay un día que no olvido.
Me llevó al límite.
Me fui sola a una pequeña capilla en Blue Lagoon.
Una iglesia vacía, silenciosa, casi escondida del mundo.
Me acosté en uno de los bancos…
y peleé con Dios.
Grité.
Lloré.
Le dije que no me iba a mover de ahí hasta que me sanara.
Dormí en ese banco.
Peleé con Él —pero igual, no me fui.
Y al final, por cansancio, terminé saliendo…
sin respuestas inmediatas.
Solo silencio.
Quizá un susurro tan suave que duele más que cualquier no:
"Espera."
Un silencio que, en ese momento, sentía como abandono.
Esperar duele.
Porque esperar no es quedarte quieto.
Es pelear con la ansiedad, con las dudas, con el miedo de si acaso fuiste escuchado.
Pero hoy, con el corazón en la mano, puedo decirte algo que antes no entendía:
Cada vez que Dios me pidió esperar, estaba preparándome para algo más grande de lo que yo imaginaba.
Por muchos años fui mamá soltera.
Nueve años exactamente.
Y si te soy honesta, hubo momentos en los que pensé que ese sería siempre mi rol: sostenerlo todo sola. No me daba mala vida por eso. Me acostumbré y creo además que eso hizo de mi la persona que soy ahora.
Como soy mujer de fe, nunca dejé de orar.
Nunca dejé de creer.
Cada vez que ella me preguntaba por su papá, yo le respondía siempre lo mismo:
"Dios lo está preparando para una hija como tú. Cuando lo tenga listo te lo trae de vuelta."
No era una frase vacía.
Era una convicción profunda de que el amor verdadero —el que acompaña, edifica y sana— no se fuerza… se espera.
Durante ese tiempo, hubo muchas lágrimas, muchas conversaciones a solas con Dios, muchos días donde el silencio pesaba más que cualquier promesa. Pero nunca pedí por mi. No. Yo estaba en paz conmigo. Tuve una hermosa relación con otra persona. Pedía por mi hija.
Pero también aprendí a soltar mis tiempos y a confiar en los suyos.
Y cuando menos lo imaginé, llegó Luis. El papá de mi hija. Listo para ella.
El papá que mi hija abrazó como si siempre hubiera estado allí.
Pero también con el paso del tiempo y de manera inexplicable, para mi. El hombre que hoy es mi pareja.
Si me hubieran contado esta historia les hubiera dicho que era imposible. Pero el amor y el perdón de Dios sobrepasa cualquier entendimiento.
El regalo que llegó no cuando yo lo pedía…
sino cuando estábamos todos listos para recibirlo.
La historia de David en la Biblia siempre me impacta.
Fue ungido como rey, pero no coronado hasta muchos años después.
Durante ese tiempo fue pastor, músico, guerrero, fugitivo.
No porque Dios lo hubiera olvidado, sino porque lo estaba entrenando.
Creo que hizo lo mismo con nosotros. Con mi familia.
Porque no basta con tener una promesa.
Hay que tener el carácter para cargarla.
A veces confundimos la espera con abandono.
Pero no es así.
A veces el cielo está en silencio porque te está observando crecer.
Y en ese crecimiento silencioso, sin aplausos, es donde se construye la raíz.
Aprendí que la espera también es parte del propósito.
Que mientras tú sientes que no pasa nada, Dios está alineando piezas.
Y que las respuestas más profundas no llegan cuando gritas.
Llegan cuando te rindes desde la fe.
Te comparto un ejercicio práctico y hermoso que espero te sea útil si estas en época de “espera”
1) Haz una lista de las cosas que hoy estás esperando.
2) Luego escribe al lado: ¿Quién necesito ser para sostener esa bendición cuando llegue?
3) ¿Qué puedo hacer hoy —pequeño, simbólico o práctico— para prepararme mientras espero?
Recuerda, cuando Dios te dice “espera”, no te está frenando.
Te está afinando.
Y lo que hoy parece un retraso…
mañana lo vas a entender como un acto de amor.
Si estás en una temporada de espera, no lo vivas solo.
Cuéntame en los comentarios qué estás aprendiendo en medio de ella.
Este también es un lugar para acompañarnos.
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